Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



domingo, 29 de mayo de 2011

Luz, agua y viento (LIX Concurso de relatos Bubok [tema: la isla])

Como si tuvieras dentro un despertador que sólo funcionara cuando vas y nunca cuando vuelves... Las cinco y media de la mañana y ya estás despierta. Abres los ojos desde esa sensación de no estar en tu cama, buscas a tientas la luz y tomas conciencia de que estás en el barco. Te pones en pie y notas que no hace mala mar. La ducha, te vistes, subes a cubierta por el lado de estribor y vas hasta la proa. Ahí lo tienes: un destello blanco, pausa, dos destellos blancos, pausa, otra vez un destello... Nadie a tu alrededor porque todo el mundo duerme aún. Sólo el piloto y tú pendientes del faro. Y alguna barca de pesca que busca la entrada a la bahía. Sabes el nombre de hasta tres barcos que, arrastrados por los vendavales del norte, se fueron contra los escollos y naufragaron en estas aguas antes y después de la construcción del faro.
Es el mes de junio. Has preferido viajar en barco y no sabes bien por qué. Y cuando tomas ese barco, que suele ser en verano, siempre repites lo mismo, esa salida del camarote al aire libre para ver acercarse el faro. Porque en invierno ni te das cuenta y, si es de día -¿para qué sirve un faro de día?-, el avión ya ha rebasado el faro y la bahía, y está sobrevolando las paredes secas, las vacas, los pastos, los predios, la carretera general, los caminos, los bosques de esos árboles cuyo nombre sólo conoces en el habla local, y ya vuelves a ver otra vez el mar, esta vez en el lado del sur. El avión da un giro de ciento ochenta grados por la izquierda y desde la ventanilla de ese lado se ve el otro faro, el del islote que guarda el costado sur de la entrada a puerto. Encara de nuevo hacia tierra firme, desciende, ves ese obelisco horroroso en el centro de la rotonda de la carretera al aeropuerto y, al momento, las ruedas tocando tierra. Te sueltas el cinturón y oyes el aviso de mantener los cinturones abrochados hasta que el avión esté completamente parado.
Hoy, en cambio, estás aquí con el viento en el pelo, ves el faro frente a ti por la proa y, cuando el barco empiece a virar a babor, aún quedarán casi dos horas para poner pie en tierra: una hora bordeando la costa norte hasta las balizas y farolas de la bocana del puerto y algo menos por todo el canal que, sorteando los islotes, lleva el barco hasta el muelle. Es de noche, aún es de noche, y a medida que vaya amaneciendo, te irás haciendo a la idea de que vas a llegar. No como en avión, que es ver la isla, cruzarla, volver atrás, aterrizar, encontrarte de sopetón en tierra firme al bajar la escalerilla y tú misma, ya te apañarás. Porque el modo de llegada natural a una isla es por mar.

Como Ulises en aquella película que de bien pequeña viste una tarde de domingo por televisión. Kirk Douglas era el actor y lo recuerdas amarrado al palo mayor para oír el canto de las sirenas mientras sus compañeros reman con tapones de cera en los oídos para no dejarse embrujar por ellas. Y la isla con el gigante de un solo ojo que devora a sus compañeros, y la ninfa Calipso, y la maga Circe que le retiene en otra isla, y su último naufragio cuando, como único superviviente, llega desnudo al país de los feacios.
Ya de mayorcita te compraste el libro en una de esas colecciones baratas de quiosco y volviste a la historia. No recordabas, o a lo mejor en la película no era así, que los feacios lo depositan dormido en su isla, se vuelven a embarcar y, al despertar, Ulises no reconoce su patria: ¿de qué le han servido, pues, tantos años de periplo por el mar para llegar a Ítaca si cuando llega no es consciente ni de que está llegando ni de que ha llegado?

Porque no se trata de llegar, se trata de ir llegando. Se trata de subir a cubierta y, si no ves el faro porque te has despertado antes o porque el barco se ha retrasado, te quedas desnortada, no sabes si está ahí. Y si no está el faro, quizá la isla tampoco esté; ni el resto del mundo. Pero pronto se deja vislumbrar, a veces con su luz difuminada entre la niebla. Sabes que el faro está anclado en tierra firme, en el extremo del cabo, pero no ves el promontorio ni la línea de la costa. Tampoco tienes la seguridad de que estén ni de que, detrás del faro, duerma envuelto en oscuridad todo aquello que se ve pequeño desde el avión, las paredes secas, las vacas, la carretera general, los predios...
El faro va quedando a estribor porque el barco vira en sentido contrario y encara hacia levante. Va a amanecer como amaneció el primer día del mundo, con el disco solar saliendo del horizonte y creando el mar al iluminar sus aguas. Las primeras luces te dilatan las pupilas y, a medida que el sol va subiendo, da forma a los contornos de la isla. El faro quedá ya atrás en popa con su serie de destellos, uno blanco, pausa, dos blancos, pausa, que los rayos solares pronto van a apagar. También el cabo y el promontorio han sido creados de la oscuridad primordial y, seguramente, dentro de la isla, el sol va a ir dibujando vacas, caminos, árboles y a quienes en coche o andando vayan a sus quehaceres.
Otra vez va a virar el barco. Otro faro, ahora el del islote que guarda la entrada al puerto natural, emite un sólo destello, tímido ya, cada cinco segundos. El canal de entrada, verde de prados a babor y estribor, barcas de pesca que salen y yates amarrados. La barca del práctico que se acerca y el práctico que sube al barco no sabes bien por qué: el piloto, ¿no conoce el fondo de tantas veces como ha entrado? Si hasta tú sabes todas las maniobras que va a hacer sorteando los islotes -ni Escila ni Caribdis- hasta quedar frente al muelle...

Ulises llega a Ítaca, mata a todos los pretendientes de su mujer que, a base de banquetes, están gastando su hacienda y se reencuentra con Penélope y con los amigos fieles que le seguían esperando. Y luego, ¿qué? ¿No se aburrirá con tanta armonía familiar o recibiendo a los mayorales que le den cuenta de los corderos paridos en sus majadas? ¿No querrá volver a hacerse a la mar en busca de Nausicaa, que le quedó pendiente allá en la isla feacia?, ¿no querrá buscar nuevas islas y ver qué peligros encierran? Y cuando, tras alejarse hacia el horizonte, lo consiga, ¿no querrá volver de nuevo a Ítaca, no querrá ver cómo su isla sube desde el horizonte y se va acercando?

Porque no se trata de llegar, se trata de ir llegando.
Esperas hasta que el barco está amarrado y bajas al camarote por tus cosas. Gente aún medio dormida cargada de maletas y, como en el avión, estorbando en los pasillos. Consigues llegar hasta el camarote, recogerlo todo y, luego, hasta la puerta de salida, aún cerrada, que da a la pasarela. Te pones a estorbar tú también.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Lo comprendo y deseo continuar (LVIII Concurso de relatos bubok [tema: internet])

El Estratega recorrió todo el pasillo alfombrado, pidió un café a su secretaria y entró en el despacho. Encendió el ordenador, esperó todo el proceso de arranque, disparó el navegador y, por la pestaña del histórico, clicó en el último blog que había estado analizando la tarde anterior. En ese momento apartó la vista de la pantalla para mirar a la secretaria que, diligente, acababa de depositar la bandeja del café en la pequeña mesa de caoba frente al sofá de cuero destinado a recibir a las visitas.
Se sentó en el sofá y revolvía el azúcar. El Estratega había heredado su función de su padre y de su abuelo: vigilar la estabilidad del sistema económico. Ya no eran los días de gloria que había explicado el abuelo en las cenas de Nochebuena cuando contaba cómo habían conseguido convertir a todos los partidos comunistas en meros borreguitos que ni tenían banderas rojas, ni cantaban la Internacional, ni levantaban el puño. Ahora el peligro ya no venía ni de los partidos políticos, ni de organizaciones ecologistas que no miraban más allá de la Amazonia y las centrales nucleares, ni de todas esas oenegés que se habían convertido en meras sustitutas de los jesuitas y todas las órdenes posibles de frailes misioneros. Ahora el peligro estaba en la red tal y como se estaba demostrando en África. No sólo la capacidad de convocatoria que podía conseguirse por Facebook: ¿hasta dónde podría llegar una red organizada de blogueros descontentos por cualquier causa, por las hipotecas, por las facturas de teléfono, por la corrupción política...?
Acabó su café, volvió frente al ordenador, movió el ratón para quitar el salvapantallas y, en lugar del blog esperado, leyó:
Si eres el propietario de este blog, escribe en las siguientes casillas tu número de documento nacional de identidad y tu fecha de nacimiento en formato DD/MM/AAAA. Pulsa después OK y pasa a la pantalla siguiente.
Eran las ocho y veinte de la mañana.

El Viciosillo ni-ni remoloneaba en la cama a la espera de que su hermana se fuera de una vez al instituto y él pudiera quedarse de dueño absoluto de la casa. Su padre había salido ya a primera hora hacia la oficina de empleo y su madre andaría dedicada a la limpieza en la casa de alguna familia del barrio pudiente. Cuando oyó cerrarse la puerta del piso y supo que su hermana se había ido definitivamente, se levantó, fue a la cocina y se preparó su colacao con galletas. Al acabar de desayunar volvió a su cuarto, encendió el ordenador y aprovechó el momento de arranque para ir al lavabo. Volvió, se sentó frente a la pantalla y en el recuadro de búsqueda de google tecleó la fórmula booleana para que le apareciera un listado de blogspot con la acostumbrada advertencia de contenido para adultos: Lo comprendo y deseo continuar. Para él ese era el verdadero comienzo de la jornada. Para él, ese lo comprendo significaba lo comprendo porque, como no soy tonto, quiero entrar ahí y ver lo que hay que ver. El listado de blogs que aparecieron contenía, lógicamente, los que ya había visitado los días anteriores. Saltó a la página diez y clicó al azar:
Si eres el propietario de este blog, escribe en las siguientes casillas tu número de documento nacional de identidad y tu fecha de nacimiento en formato DD/MM/AAAA. Pulsa después OK y pasa a la pantalla siguiente.
Qué cosa más rara. Volvió atrás, escogió otro blog y encontró el mismo mensaje. Y otra vez y otra. Decidió, qué remedio, conformarse con las páginas porno de siempre. Eran las nueve menos diez de la mañana.

Mientras la Mística se estaba duchando, intentaba dar forma en su cabeza a la próxima entrada que iba a redactar en su blog para explicar su enésimo fracaso amoroso. Ella se había negado con la excusa de que primero quiero estar segura de que me quieres, él había contestado que si no era demostración suficiente la rosa que te he traído, ella que eso no demuestra nada y él se había marchado con un hasta aquí hemos llegado y un portazo.
Hace unos años lo habría superado entre lágrimas y repitiéndose lo de soy una incomprendida. Ahora sabía que, al explicarlo en el blog, aunque alguno de sus sesenta y ocho seguidores le enviara algún comentario diciendo que a los hombres hay que darles lo que se esperan, la mayoría serían comentarios de consuelo y comprensión.
Acabó la ducha, se peinó, se vistió, se pintó con la idea de que descuidar el aspecto físico es un síntoma de depresión y acudió ante el ordenador, su vía de escape. Pinchó en la dirección de su blog y, en lugar de las golondrinas que esperaba en la cabecera, le apareció un mensaje que la desconcertó:
Si eres el propietario de este blog, escribe en las siguientes casillas tu número de documento nacional de identidad y tu fecha de nacimiento en formato DD/MM/AAAA. Pulsa después OK y pasa a la pantalla siguiente.
Actualizó la página y encontró el mismo mensaje. Volvió atrás, clicó de nuevo sobre su blog y el mismo mensaje. Reinició el ordenador y lo mismo. Decidió esperar y reflexionar mientras desayunaba: ¿di en algún momento mi fecha de nacimiento al crear el blog?; si la di, ¿puse la verdadera?; y el carnet de identidad seguro que no lo di... Probaré a ver qué pasa si pongo mis datos variando sólo un dígito en la fecha de nacimiento:
Ese número de carnet de identidad no se corresponde con el de nadie que haya nacido ese día. Bloguer@, te quedan dos intentos. Si fallas, tu blog será destruido sin posibilidad de recuperación.

A las siete de la mañana SuperHacker, bajo el nombre de Alvarfáñez, había creado un acontecimiento en Facebook para sus doscientos amigos:
Hoy es el día: a las nueve horas, cuando abra la bolsa de valores, todas las acciones del íbex, del mercado continuo y de las bolsas locales de Madrid, Barcelona, Bilbao y Valencia marcarán un valor de cero euros. Prefiero no calcular las consecuencias sino verlas sobre la marcha. Imaginad, por ejemplo, la revolución en las hojas de cálculo de los fondos de pensiones extranjeros que tienen en su poder más del veinte por ciento de todos los valores españoles cotizados.
Hackers, cumplid con vuestro cometido. Ya os anuncio que mañana alguna ciudad de tamaño medio se quedará sin alguno de sus servicios básicos. Espero comprensión si afecta a alguno de vosotros.

La Mística piensa, reflexiona, será verdad que me voy a quedar sin blog y sin poder contar mis cosas... ¿Ý si me capturan los datos y los utilizan para algo? No, en ningún sitio web he puesto como clave mi fecha de nacimiento ni mi número de carnet de identidad. Se decide por fin, introduce los datos y pulsa OK:
Bienvenida, bloguera, estás a punto de pasar a la historia. ¿Has oído hablar de los golpes de estado cibernéticos? ¿No? De momento comprueba tu cuenta corriente: observarás que tienes un ingreso de cien euros y un reintegro posterior; te lo hemos hecho nosotros para demostrarte que conocemos todas tus claves. Ahora has de llamar a tu banco y ordenarle que en adelante no pague ninguna factura de agua, teléfono, electricidad ni gas. Si comprobamos que hay algún cargo en tu cuenta por alguno de esos conceptos, te la vaciaremos, destruiremos tu blog y te cortaremos el acceso a tus cuentas de correo y a Facebook y Twiter.
Mañana recibirás nuevas instrucciones. Ahora pulsa en Lo comprendo y deseo continuar y ya puedes entrar tranquila a tu blog.

Pasaban pocos minutos de las diez de la mañana y el Profesor Solitario, que tenía una hora libre entre clase y clase, se disponía a entrar en su blog antisistema.

sábado, 21 de mayo de 2011

Lecturas variadas

Hace dos domingos compré por seis euros en un mercadillo los siguientes títulos:
-Psicoanálisis de los cuentos de hadas de Bruno Bettelheim (Crítica, Barcelona: 1977). Eso es un clásico que no había leído. Quiero hacerlo porque me da que es ahí donde se pone en relación el color rojo de Caperucita con la menstruación. Me costó 1,20 euros.
-Chatherine de Médicis de Jean Orieux (Flammarion, s.l.: 1998). La biografía de la reina francesa procedente de las grandes familias de la Italia renacentista. Tiene 800 páginas y, como se ve, es de una prestigiosa editorial francesa. Me costó 0,60 euros supongo que porque estaba en francés y nadie lo iba a comprar.
-Rebeca, Daphne du Maurier (La nave, San Sebastián: no sé la fecha porque lo tengo aún envuelto en celofán pero parece de alrededor de 1950). Es la base de la película del mismo nombre. Fue el más caro y un capricho que me entró por los ojos: 3 euros.
-Asesinato en el Savoy, de Per Wahlöö y Maj Sjöwall (Versal, Barcelona: 1987). Es el que está en la imagen, me costó 1,20 euros y lo compré -digamos- para airear.
Este último libro pertenece a una de las muchas colecciones de novela negra que corrían por los años 80: en Bruguera tanto en su colección de bolsillo como en otras como el Círculo del crimen; en Orbis, que por entonces empezaba en los quioscos y sacó desde Agatha Christie hasta los clásicos estadounidenses pasando por Simenon; Seix Barral, que publicaba los casos de Carvalho... Hasta hubo una revista dedicada al tema, Gimlet, aunque de corta duración. Y otra revista que leían los intelectuales de la transición, los Cuadernos del Norte que editaba la Caja de Ahorros de Asturias, sacó un monográfico dedicado al tema.
Lo anterior va a parar a que ya existía novela policíaca sueca traducida antes de la trilogía Millenium cuya primera parte dieron ayer por la Cuatro (por cierto: qué tetas más raras tiene la niña). De estos dos autores, que son matrimonio, Bruguera había sacado en el Club del misterio El coche de bomberos que desapareció.
En cuanto a Asesinato en el Savoy no es gran cosa, claro. Pero tiene su gracia: matan a un hombre de negocios que tiene empresas legales a la vez que trafica con armas en África. La investigación apunta hacia los negocios turbios y, al final, el asesino no es más que un antiguo empleado al que había despedido.


martes, 17 de mayo de 2011

Laura y Clara: Dando vueltas al atajo, XLVII

A Clara y a ti empieza a iros todo bien o, al menos, a discurrir todo por la senda que tú habías imaginado. No sabes si lo has conseguido a fuerza de voluntad, convenciéndola con la mirada y con el juego de vuestros cuerpos, o bien si habéis llegado hasta aquí porque era el sitio natural al que ibais a desembocar. Te da igual, pero ahora estás mucho más tranquila, equilibrada, contenta... Y bueno, has estado releyéndote y eres consciente de que has contado muchos detallitos íntimos de lo que hacéis. Te ha salido así, qué se le va a hacer si a ti te gusta tanto ponerte con ella.
Además lo hacéis todo muy dulce. Os decís que os queréis mientras lo estáis haciendo y, si no te lo dice, le pides que te lo diga. Te gusta oírselo, como ese Te quiero, Laura, con tu nombre y todo, de anteayer. Es bonito pensar que es la misma lengua la que te dice que te quiere que la que te recorre el cuerpo hasta que te retuerces. Por eso te gustaría tanto lo que te hizo. Y lo de después con las dos juntas, que, con la mirada, consiguó que llegaras cuando aún te faltaban cinco minutos por lo menos.
Es viernes. Y no sabes si por un error de la jefa o porque te han cambiado un turno para beneficiar a alguien, trabajaste ayer tarde y hoy por la mañana. Pero tienes el fin de semana libre y no te vas a quejar. Como que al salir le has puesto un mensajito pidiéndole más batalla:
-En tu casa cuando quieras.
-Esta misma noche.
Pues ya ves qué fáciles se van poniendo vuestros asuntos. Que te acabe de llamar Virginia para que os veáis las tres no supone problema ninguno. Le has dicho que viniera a cenar, que cenabais aquí juntas, y si acabais tarde y no os da tiempo o estáis cansadas, dormís, que eso también lo hacéis bien sin siquiera daros cuenta, y mañana por la mañana ya veremos.
Si todo sigue así de bien, como empezaste a escribir para contar tu problema con Clara y como ese problema ya prácticamente no existe, vas a dejar de escribir y santas pascuas. O te imaginas que tu lengua es un lápiz y su piel un papel. Descubrirás otra manera de escribir.

viernes, 13 de mayo de 2011

Metáforas visuales (Concurso de relatos Bubok, LVI [relatos cinéfilos]: relato ganador)

Sería el año 89. O el 90, qué más da. El caso es que ya no estábais en edad pero aún así lo intentabas de vez en cuando. Porque era un provocación, cuando empezaban a apagarse las luces, verla coger el bolso, sacar el estuche, abrirlo y ponerse aquellas gafas de intelectual que sólo utilizaba en el cine. Mientras daban los anuncios y los trailers, eso del movierecord, te lo ibas pensando -lo hago, no lo hago-, la mirabas, veías su perfil en la penumbra de la sala y aquellas gafas entre sus ojos y la pantalla, y te decidías. Le desabrochabas el pantalón, le bajabas la cremallera sin hacer ruido y le metías la mano por debajo de las bragas:
-Gracias, ahora no. Cada cosa a su tiempo. Si acaso luego en el coche.
Educada, eso sí, lo era un rato. Te había dejado llegar hasta tocar pelo, te había dado las gracias y te había puesto en espera. Tú le volviste a subir la cremallera y le abrochaste el botón. Estaba empezando El club de los poetas muertos pero podía haber sido cualquier otra película.

A las intelectuales de entonces les gustaba el cine. A todas sin excepción. A las de ahora quizá también pero ya no debe de ser lo mismo. A ti las que te gustaban eran aquellas intelectuales y todo esto lo estás contando por Ana, tu novia de aquellos tiempos. A ti te gustaba ella y a ella le gustaba el cine. Pero no sabes si acabó de cumplirse la propiedad transitiva por la que a ti, a través de ella, te había de gustar el cine.

Luego en el coche... Ahora te quejas de que pagas hipoteca pero si la pagas es porque tienes un espacio donde hacerlo. Otra cosa es que no tengas con quién hacerlo. Pero entonces tenías que conformarte, teníais que conformaros, con el coche. O ir al apartamento de tus padres en la sierra. Aunque, claro, si de la sesión de las seis salíais hacia las ocho no daba tiempo de subir y bajar a la sierra. Además, no se trataba sólo de ver la película, se trataba de comentarla. Porque las intelectuales eran así: salir del cine, buscar una cafetería y qué te ha parecido la película.

El club de los poetas muertos se te atragantó. Y no por aquel tener que apartarle la mano y no poderle dar un repasito mientras estaba empezando sino por el argumento. Si hasta por televisión habían dado una serie de un profesor de literatura cómplice con los alumnos y utilizando métodos no tradicionales. Vamos a ver: ¿tiene que ser siempre el profesor de literatura? ¿No tendría mucho más mérito un guionista que construyera la misma historia con un profesor de física? Y si fuera con uno de dibujo lineal, óscar directo sin nominación previa.
Ahora bien, tú no podías decirle eso. Ella, ya sin las gafas, se situaba ante un Cacaolat y tú ante una Mahou; como si jugárais con metáforas visuales. Y tenías que dar una opinión sin que cupiera lo de me ha gustado o no. Eras hombre de recursos, siempre lo has sido y, como es cierto el dicho de las dos tetas y las dos carretas, cada mes te comprabas y te leías de cabo a rabo el Dirigido por, una de las revistas de cine de aquel momento. Había otras, el Fotogramas, el Cinemanía, que no sabes si aún existirán, pero a ti te convencían más las críticas del Dirigido por. Ah, y de vez en cuando te acercabas a la biblioteca de la Facultad de Ciencias de la Información y te estabas un ratito con el Cahiers du Cinéma; en la edición francesa, por supuesto. Con ese bagaje te enfrentabas a ella y a su Cacaolat aunque tu capacidad crítica sólo se empezaba a soltar a partir de la segunda Mahou:
-Son siete los alumnos a los que inicia el profesor.
-¿Y...?
-Pues como Los siete magníficos.
-¿Y...?
-Un homenaje a Los siete samuráis de Akira Kurosawa.
No habías visto esa película pero daba igual, Kurosawa era como la palabra mágica que le dilataba las pupilas. Así de intelectual era Ana. Y así de sencilla: si sabías llegarle al cerebro tenías la certeza de que habría asunto y llegarías también a su otro espacio.
Si hasta se lo adornaste. A veces bastaba con fijarse en un plano cualquiera para tenerla diez minutos mirándote mientras se le enfriaba el Cacaolat; en aquella película fue el momento en que el padre del alumno que luego se suicida, tras discutir con su hijo, se acuesta preocupándose de dejar las zapatillas simétricamente colocadas al pie de la cama y el plano se deleita en mostrar esa simetría:
-Una metáfora visual del orden establecido al que se enfrentan el profesor y los alumnos.
Lo de la metáfora visual daba mucho de sí... Porque si le hubieras dicho lo que verdaderamente pensabas de la película, que para colegios de niños bien ya estaba Adiós mister Chips en la que además salía Peter O'Toole o que para complicidades de un adulto con niños preferías Mary Poppins o Verano Azul, si le hubieras dicho eso, al acompañarla luego a casa con el coche corrías el riesgo de que te dijera que la dejaras en la puerta. Con tu Kurosawa y tus metáforas visuales, en cambio, te asegurabas que callara al pasar frente a su bloque y se dejara llevar al descampado del final de su calle para daros rienda suelta. Y lo hacíais como podíais, ella de rodillas frente a ti: la mirabas a los ojos mientras le acariciabas el pelo y, cuando se emocionaba y se abrazaba fuerte, te ponía la cabeza en el hombro, le sentías los dos pechos y, al dejarte la mirada libre, era como si volvieras a estar en el cine, en un cine cuya pantalla fuera el parabrisas del coche y la escena todo lo que escondiera la oscuridad del descampado, jeringuillas, latas de cerveza y cualquier otro objeto que no alcanzara a conocer el neorrealismo italiano.

Eso acarreaba otras servidumbres:
-Mañana por la mañana pasan El acorazado Potemkin en la filmoteca.
Porque las intelectuales no decían lo de echan tal película o dan tal otra sino que para ellas las películas las pasaban. Y era un domingo por la mañana, cuando la gente honrada va a misa o duerme la resaca. El acorazado Potemkin sí, la del cochecito de bebé que se suelta y cae por la escalinata, esa misma. Y a las diez de la mañana, con legañas. La ventaja era que esa sesión dejaba dos horas largas para el vermut y los berberechos aunque ella se puso con que las limitaciones expresivas del cine mudo en blanco y negro se compensaban con los juegos de luces y sombras y las expresiones faciales de los personajes. Tú, a lo tuyo:
-El cochecito cayendo es una metáfora visual del destino del proletariado ruso bajo el dominio de los zares.
Porque en aquel tiempo aún se usaba la palabra proletariado.

O el ciclo de Buñuel en el local social de su barrio, eso de que alguien le pide dinero al ayuntamiento y a la caja de ahorros y te monta a bocajarro cualquier actividad cultural. Cuatro sábados, cuatro, de Buñuel en bancos de madera. Sólo recuerdas Nazarín y Belle de jour. Y no era la película sino, además, lo que llamaban cinefórum, que ahí sí que no participaste. Le dijiste al oído que las películas sólo se las comentabas a ella y quedaste como un señor. Porque lo único que se te ocurrió decir, y te lo callaste, era que Catherine Deneuve en Belle de jour no era una metáfora visual sino una exuberancia visual, una hembra de bandera. Como una Sofía Loren, mujeres que no se repiten y han nacido para moverse ante una cámara. Y Silvana Mangano también, que ya está muerta la pobre... Comparada con ellas, dónde va a parar esa escuálida de Penélope Cruz que se cree alguien porque le robó el marido a Nicole Kidman.

Aparte del ciclo de Buñuel y El acorazado Potemkin aún recuerdas otras. Como la de ir una misma tarde dos veces al cine:
-Pero, mi vida...
-Es que van a quitar esas películas de la cartelera y no me las quiero perder.
O lo de Fassbinder, otro ciclo que te tuviste que chupar y que solventaste diciéndole aquella ocurrencia de que el cine alemán te parecía lleno de personajes colapsados.
-¿Y qué quieres decir?
-Pues eso.

Hace ya más de veinte años. Y ahora puedes confesar que sí, que entonces te gustaba atravesar con Ana las cortinas para entrar a la sala, cogerla de la mano para buscar la fila y la butaca... Y el momento en que se ponía las gafas, y su Cacaolat frente a tu Mahou, y el jugarte el ir o no al descampado según tu verbo florido...
Pero si te preguntaran ahora mismo si te gusta el cine no sabrías qué contestar. Bueno, ver algunas películas por televisión sí, lo que no te gusta exactamente es lo de ir al cine, tener que escoger una película, meterte en un centro comercial, que es donde ahora están los cines, hacer cola para sacar la entrada y que con la entrada te den un vale descuento para el McDonald's; y ese olor a ambientador... y si es verano llévate una chaquetilla porque seguro que se pasan con el aire acondicionado. Porque lo cierto es que la última vez que fuiste al cine fue a ver Shrek 2 con tus sobrinos. Y con ellos conociste todo ese mundo sin kurosawas ni buñueles ni fassbinders: la princesa Fiona, el pececito Nemo, los muñecos Woody y Buzz de Toy Story,...

lunes, 9 de mayo de 2011

Paisaje (Concurso de poesía Bubok, XIV [tema: luz y sombra])


Abro los ojos. Tus ojos. Destellos.
Cierro los ojos. Te palpo, me palpas. Luz interior.
Te beso y me besas. Un solo beso.
El mismo beso de la primera mirada.
Y ese silencio... Me gusta cuando callas.
Porque callas. Y al callar me incitas,
me invitas a buscarte los recodos en sombra,
a crear besos nuevos en tu carne.

Amanece, anochece, una nueva mañana
y el mismo sol de ayer, tus mismos ojos,
nuestro beso eterno, tu mismo cuerpo,
y tus recovecos en claroscuro.
También yo callo. Porque no sé
qué emociones ocultan tus penumbras.

Tu cuerpo es mi mapa, mi único horizonte.
Más allá no hay mundo, ni caos ni orden ni cielo.
Quiero quedarme en tus contornos, vivir tu piel blanca
con los ojos abiertos o cerrados, silentes
o con esa palabra que es incapaz
de desvelar ni tu luz ni la contundencia de tus sombras.

jueves, 5 de mayo de 2011

Donde los besos cambian de color (XV Concurso de microrrelatos Bubok; frase inicial obligatoria "Besando su mejilla")

Besando su mejilla, como viejas amigas que somos, de pie en su umbral cuando llego de visita, sé que un día claudicaré ante lo que siempre me susurra al oído.
Y entonces nuestros besos no serán ni formales, ni en la mejilla, ni de pie. Serán cadenas sin fin de besos que nos daremos en busca de nuestros más recónditos recovecos.

domingo, 1 de mayo de 2011

Paisaje (Concurso de poesía Bubok, XI [tema: elegía en asonante])

Ya ves los campos
pero, ¿dónde sus amos?
¿dónde las azadas y aperos, dónde sus manos?
¿y las caballerías y los carros?

Vacías las huertas, solos los secanos
y en sombra las rúas bajo los tejados.
Indalecio quedó yerto en el barranco,
en su cama quiso morir Ignacio
y a la ciudad marcharon sus hermanos.

Ya ni vienen sus nietos en verano,
ya las lluvias no fecundan el grano,
ya no quedan ni viudas en llanto.

Los rumores de ayer, las campanas, la fuente y su canto,
las mozas y, a la reja, sus amados:
¿dónde fueron?, ¿dónde han parado?
Pasaron
como pasa el rocío de los prados.

Todo es pasado, acabado, olvidado,
todo queda en el cementerio blanco.