Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



domingo, 29 de marzo de 2015

José Saramago, Memorial do Convento

Saramago, José, Memorial do Convento (Camino, Lisboa: 1999)
Nunca le he visto la gracia ni el mérito a Saramago y ésta, de 1982, es la tercera novela que le leo tras A Jangada de Pedra (1986) y el Ensaio sobre a Cegueira (1995). No me convencen esos finales abruptos de esas dos novelas por las que, sin mucha explicación, todo vuelve al estado inicial. Aparte de que, como dije una vez en un encuentro sobre Camus, el Ensaio sobre a Cegueira me parece demasiado inspirado en La Peste por no decir un plagio. Y en cuanto a A Jangada de Pedra, muy mona la intención iberista, pero para ello ya estaba Miguel Torga a quien Saramago não chega aos calcanhares en palabras de Lobo Antunes. Sea como fuere, comentaremos:

miércoles, 25 de marzo de 2015

Confidencias

Trece años tendría yo la primera vez que mi señor me dio un tiento. Y me gustó. Y a él también. Tanto que… bueno, con decir que más de treinta años estuvimos en ello... A veces se me acercaba por detrás en la cocina y me susurraba al oído, otras veces le bastaba la mirada para hacerse entender. Y esos días yo esperaba ansiosa a que llegara la noche para, candil en mano, deslizarme en su alcoba y en su cama. Ya digo, más de treinta años…
Hasta que llegó aquel escritor y… : Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Yo creo que, cuando se puso a explicar lo que ocurría dentro de nuestras cuatro paredes, ni cuenta se dio. Y eso que cualquiera cae: si yo paso de los cuarenta y él se acerca a los cincuenta… como el mozo y la sobrina, aunque de ese asunto ya me cuido yo para que no llegue a oídos de mi señor. Además, habráse visto mayor armonía doméstica…

Pero ya digo, llegó el escritor, no entendió nada y puso a mi señor a leer novelas de caballerías incluso de noche, que me apartó a mí de su cama. Y entre el tanto leer y el faltarle mis carnes se volvió loco y salió por esos mundos a pasar penalidades mientras yo me quedaba aquí guardándole ausencias. Incluso una querida se inventó el escritor para él, esa tal Dulcinea que ni siquiera existía y que, de haber existido, tampoco habría tenido sustancia como la mía. Meses y meses me lo tuvo dando tumbos. Hasta devolvérmelo enfermo, que fue entrar por esa puerta, meterse en cama, dictar testamento y cerrar los ojos para siempre.
Bueno, sí, dicen que si fue un héroe, que si el más famoso de todos los libros de todos los tiempos. Qué sé yo lo que dicen, pero digan lo que digan una también sabe hablar: para decir que ninguna otra mujer lo tuvo hincado en sus entrañas como lo tuve yo, que mi nombre fue el único que él susurró y aún gritó en medio de espasmos, y que también su nombre fue el único que yo grité mientras lo estrechaba con brazos y piernas. Y no quiero pronunciar otro.  

sábado, 21 de marzo de 2015

Dios al final del tobogán

Diciembre de 1977. Nieva en el campus de Princeton. A Kurt Gödel se le han ido escapando poco a poco las vividurías por los agujeros de la memoria. Por eso mira pero no recuerda quién es ese Alan Turing de la foto, dedicada en Cambridge en 1939, que tiene a la izquierda de la pequeña pizarra de su despacho; ni quién ese Ludwig Wittgenstein que le dedica esa otra a la derecha y fechada en Viena en 1949.
Como cada mañana desde que le retiraron de las aulas, Kurt Gödel coge una tiza, dibuja al azar en la pizarra el signo alef, la primera letra del alfabeto hebreo, y le añade un subíndice cero. Eso sí recuerda lo que es: representa un número muy alto, un infinito, el de los números naturales. Luego dibuja otro alef y le añade un subíndice uno: un infinito aún más alto, el de los números reales, que además de los naturales contiene otros como 1,1, 14,93… Sigue dibujando signos alef de diferentes tamaños y orientados hacia aquí y hacia allá con subíndices cada vez más altos y los distribuye caóticamente por su pequeña pizarra. Como cada mañana, va sintiendo más y más vértigo al ir representando un infinito cada vez mayor y decide descansar. Pero antes traza un último signo alef y le adjudica también alef como subíndice. Tras ello, se sienta en la butaca y se queda contemplando su último signo: sabe que es el número mayor, el infinito de todos los infinitos, y sabe que si sigue mirándolo acabará por aparecérsele Dios.

Al otro lado de la ventana, sigue nevando en el campus de Princeton.

martes, 17 de marzo de 2015

El viajero

 Un año hace ya que volvió de la guerra. Más bien de los peligros que no se esperaba después de los peligros de la guerra. Nueve años de guerra y nueve años perdido por esos mares… Ahora hace un año ya que goza de esa paz tan anhelada, de la compañía del hijo, del tálamo conyugal, del vino con los amigos… Alguna vez llega a puerto un viajero, él se acerca, le pregunta por su patria y su linaje, luego le honra en su casa y pasa la velada escuchándole nuevas de otras tierras: la riqueza de la bodega de Néstor en Pilos, la muerte del hijo de Aquiles a manos del hijo de Agamenón,…
Pero hay días en que se cansa de esa vida plácida, sale a escondidas de palacio, sube a lo más alto de su isla y mira hacia levante con nostalgia: mejor estar al alba en formación junto a los viejos compañeros a la espera de los troyanos que estar aquí atento a sus pastores contándole sobre corderos paridos en las majadas. Y aquellas noches de placer con Circe; o con Calipso… y la bella Nausica, que le quedó pendiente allí en tierra feacia... ¿Y las sirenas?: ¿por qué no volver a oír su canto?

Esos días vuelve a casa pensando si un  día se hará de nuevo a la mar sin decir nada a los suyos. Luego ve a Penélope esperándole, se llega hasta ella, la mira hasta el fondo de los ojos y ya no piensa más.

viernes, 13 de marzo de 2015

Jorge Luis Borges, El Aleph (y 2)

Borges, Jorge Luis, El Aleph (Alianza, Madrid: 1979)
La presente entrada es continuación de esta otra.

  • 'El Zahir':
  1. Es el relato de una obsesión por algo simple, una moneda común de ese nombre. Lo que ocurre es que el Zahir ha sido también otras muchas cosas que se enumeran caóticamente: En Guzerat... un tigre; en Java, un ciego...; en Persia, un astrolabio...; en la aljama de Córdoba... una veta en el mármol de uno de los mil doscientos pilares... (105). 
  2. Esa moneda transforma al narrador: Hoy es el trece de noviembre; el día siete de junio, a la madrugada, llegó a mis manos el Zahir; no soy el que era entonces (105). La moneda llega a sus manos tras velar hasta altas horas el cadáver de una hermosa mujer, Teodelina Villar. Después de ello, para a tomar algo y, al pagar, le entregan el Zahir como cambio: lo miré un instante; salí a la calle, tal vez con un principio de fiebre (108). Tras ello piensa en monedas también en enumeración caótica: el óbolo de Caronte..., los treinta dineros de Judas..., los dracmas de la cortesana Laís..., el luis cuya efigie delató, cerca de Varennes, al fugitivo Luis XVI (108-109). Y la primera consecuencia es que, tras vagar largo rato acaba a una cuadra del almacén donde me dieron el Zahir (109).
  3. Tras deshacerse de la moneda pagando en un boliche y dedicarse a escribir un relato sobre un asceta que, en realidad, es una serpiente que yace sobre el tesoro de los Nibelungos, le aparece gradualmente la obsesión: primero procuré pensar en otra moneda, pero no pude (111-112). El dieciséis de julio adquirí una libra esterlina... De nada me valieron el fulgor y el dragón y el San Jorge; no logré cambiar de idea fija. El mes de agosto, opté por consultar a un psiquiatra (112).
  4. La resolución le viene por la vía de la pseudoerudición al adquirir un ejemplar de Urkunden zur Geschischte der Zahirsage (Breslau, 1899) de Julius Barlach (112). Por ahí llega a saber que Zahir, en árabe, quiere decir notorio, visible; en tal sentido es uno de los noventa y nueve nombres de Dios; la plebe... lo dice de "los seres o cosas que tienen la terrible virtud de ser inolvidables y cuya imagen acaba por enloquecer a la gente" (112). Por el mismo procedimiento de recurrir a libros imaginarios, conoce la historia del Zahir y cómo se han convertido en él todas las cosas enumeradas al principio.
  5. Pero la obsesión continúa y crece: El tiempo, que atenúa los recuerdos, agrava el del Zahir. Antes, yo me figuraba el anverso y después el reverso; ahora veo simultáneamente los dos... Lo que no es el Zahir me llega tamizado y como lejano: la desdeñosa imagen de Teodelina... (115).Y así, hasta enloquecer: Antes de 1948... Ya no percibiré el universo, percibiré el Zahir... de miles de apariencias pasaré a una; de un sueño muy complejo a un sueño muy simple. Otros soñarán que estoy loco y yo con el Zahir. Cuando todos los hombres de la tierra piensen, día y noche, en el Zahir, ¿cuál será un sueño y cuál una realidad, la tierra o el Zahir? (116). Y se concluye así al modo de Segismundo con la confusión entre realidad y sueño.
  • 'La escritura del Dios':
  1. Un sacerdote de Moctezuma ha sido encarcelado por Pedro de Alvarado en una celda contigua a otra donde hay un tigre al que sólo ve cuando abren una trampilla para darles de comer. El sacerdote sabe que su dios, previendo que en el fin de los tiempos ocurrirían muchas desventuras y ruinas, escribió el primer día de la Creación una sentencia mágica, apta para conjurar esos males. La escribió de manera que llegara a las más apartadas generaciones y que no la tocara el azar (118-119).
  2. Se vuelve a tocar la confusión entre sueño y realidad del anterior relato. Tras dormirse el sacerdote cuenta: Alguien me dijo: No has despertado a la realidad sino a un sueño anterior. Ese sueño está dentro de otro sueño, y así hasta lo infinito... morirás antes de haber despertado realmente (121). Pero ese sueño será la puerta a una experiencia mística: ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar. Ocurrió la unión con la divinidad, con el universo... Vi el universo y vi los íntimos designios del universo... Vi las montañas que surgieron del agua, vi los primeros hombres de palo... Vi el dios sin cara que hay detrás de los dioses... y... alcancé a entender también la escritura del tigre (122-123). Y así será cómo tras esta nueva enumeración caótica comprende que es en las rayas de la piel del tigre donde está la fórmula mágica. Pero renuncia a pronunciarla precisamente por esa experiencia mística: Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras, aunque ese hombre sea él (123).

lunes, 9 de marzo de 2015

Jorge Luis Borges El Aleph (1)

Borges, Jorge Luis, El Aleph (Alianza, Madrid: 1979)
Tras lo menos treinta años, releemos este conjunto de cuentos de Borges a propuesta del grupo de lectura del Ateneo de Mahón. El primer juicio nos lleva a ponderar la variedad de temas: el culto y erudito ('El inmortal'); el policiaco ('Emma Zunz'); el costumbrista argentino ('Biografía de Tadeo Isidoro Cruz [1829-1874]'); el esotérico ('El Zahir')... Nos limitaremos a anotaciones a alguno de esos cuentos:

jueves, 5 de marzo de 2015

Enamoramiento súbito

Hasta ese momento todo había ido como era de esperar. Ella, como gran señora que era, se había comportado: subió las escaleras sin un traspiés y, a la hora de atarla, ni un grito, ni una mueca, la mirada altiva pero sin un gesto de desprecio… Luego, pura rutina: tiré de la palanca, vi cómo caía la cuchilla, recogí de la cesta la cabeza tirando del pelo, la mostré al público, oí sus vítores y, aún goteando sangre, la giré hacia mí para apreciar con qué expresión pasaba a la eternidad. Me estaba sonriendo. María Antonieta me estaba sonriendo.
Y sí, lo confieso: desde entonces estoy enamorado. Sólo de una cabeza pero profundamente enamorado.

domingo, 1 de marzo de 2015

Fernando Pessoa, Livro do Desassossego

Pessoa, Fernando, Livro do Desassossego (Tinta da China, Lisboa: 2014)
Desistí hace ya años de hacerme con un ejemplar del Livro do Desassossego en la tradicional edición de Ática en la que tengo otras obras de Pessoa y de sus heterónimos. Por eso, en mi último viaje a Portugal durante este febrero pasado, me decidí por esta edición, muy correcta y llena de notas textuales de Jerónimo Pizarro.
Lo primero que cabe decir es que estamos ante el Pessoa auténtico que tanto sabe hablar de un plato de callos como de una grúa o de lo que ve un pastor mientras cuida el ganado. Accederemos por apartados: