Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



viernes, 28 de agosto de 2015

Antonia, IX: La lengua de mi marido

Pues sí, me temo que voy a hablar de lo que sugiere el título, que no sabía cuál poner. Además, como ya conté aquí un día lo que le hice yo a mi marido una noche mientras leía las Rimas de Bécquer, ahora explico lo que me hizo él a mí anteayer y quedamos en paz.
Pero antes quiero decir que mi marido y yo, además de estar casados, nos queremos mucho. Y además de querernos mucho nos gusta… bueno lo del placer de nuestras carnes. Y como mi marido tiene vacaciones desde el día 24 hasta Año Nuevo, anda más relajado y…  Pero lo voy a contar despacito.
Ya he dicho que fue anteayer. Y después de comer, que recojo yo la mesa, él se pone a fregar los platos y yo, al cabo de un momento, me pongo a su lado a aclararlos. Pero como él acabó antes se situó detrás de mí y empezó a provocarme. Y yo a él, por supuesto, que mientras me desabrochaba los botones de la blusa yo eché el culito un poco hacia atrás y lo iba moviendo de un lado al otro mientras notaba… que para mí es uno de los grandes misterios de la naturaleza lo de que a los hombres les aumente el volumen pero, claro, si no fuera así cómo podría luego yo sentir a mi marido dentro. Y en eso estaba entretenida, que hasta me olvidé de los platos, cuando él, que ya me había desmontado el sujetador, me dice muy bajito al oído:
—Te lo quiero hacer con la lengua.
Ni que decir cómo me puse, que me doy la vuelta, le doy un beso estilo Hollywood y acaba cogiéndome en brazos. Y así me llevó hasta la alcoba y me dejó caer sobre la cama. Nos desnudamos y, al verlo con todo su volumen, le digo:
—Pero luego te quiero dentro.
—De momento ponte como te has de poner.
Y eso hice. Y no exagero si digo que se estuvo más de media hora hasta que llegó con la lengua donde tenía que llegar: que si mordisquitos en todos los dedos de los pies, que si besitos por las piernas y la cara interior de los muslos, que si pasa de largo y me arranca un par de pelillos con los dientes, que si el ombligo, que si sube hasta buscarme los pezones. Ya digo. Y sabe hacerlo muy bien. Lo de tenerme en tensión y excitarme hasta el límite, que cuando me alcanzó por fin me metí un pañuelo en la boca para morderlo y no gritar y formar un escándalo.
Y cuando yo ya había llegado e intentaba recuperar el aliento, se me vino encima sin más y sentí dentro de mí moviéndose todo su volumen. Me quité el pañuelo de la boca y le empecé a decir al oído cuánto le quería. Y sería que es un artista o que vamos muy compenetrados pero llegamos los dos juntitos y esa vez para no gritar le busqué los labios y lo besé.
—Me gusta mucho que levantes el culo cuando estás a punto.

Eso me dijo luego mientras descansábamos abrazados y dándonos besos suaves, que, después, solemos ponernos tiernos. Y en eso estuvimos hasta que me tuve que levantar para ir a casa de mi suegra a ayudarla con la cena de Nochebuena.

lunes, 24 de agosto de 2015

Antonia, VIII: El semáforo de mi pueblo

Hola, que ya dije un día que a mí, si no me pasa nada curioso, no escribo. Total, que como el sábado pasado sí me ocurrió algo, voy a contarlo.
Ya dije en el primer relato que envié aquí que en casa yo me encargo de las plantas del patio y a mi marido no le dejo ni tocarlas. Por eso algunos sábados por la mañana me acerco a unos viveros que están a las afueras del pueblo. A veces con idea de comprar alguna planta concreta y otras veces, como el sábado pasado, a lo que salga. Y me vine con tres cactus.
Y fue entonces, de vuelta a casa, cuando me pasó algo divertido. Bueno, antes tengo que explicar que vivimos en un pueblo no muy grande, de veinte mil habitantes que, más o menos, nos conocemos. Y tenemos un casco antiguo peatonal muy bonito con una iglesia románica que atrae mucho forastero.
—Gente que no sabe si el románico va antes o después del paleolítico o de Picasso.
Eso dice mi marido, que a veces es un poco exagerado. Pero a lo que iba: a que en el pueblo sólo tenemos un semáforo. Ah, y lo que presumo yo de pueblerina por internet con eso de que sólo tenemos un semáforo. Y eso es, que estaba yo parada en el semáforo y vi en la acera del otro lado a Jorge con su mujer y empujando un cochecito de bebé. Me lo quedé mirando y empecé a acordarme de los achuchones que me daba por los rincones del instituto, que Jorge fue mi primer novio. Bueno, el único que tuve antes de mi marido, que de novios sí que no voy a presumir. Y en eso estaba yo, mirándolo, cuando resulta que el semáforo se puso verde y el coche de detrás me pitó. Y, claro, era forastero, que en el pueblo puedes parar el coche para preguntarle a una vecina por el reuma y a nadie se le ocurre pitarte. Total, que miré por el retrovisor y vi que era un matrimonio con dos niños. Puse punto muerto y el freno de mano, salí del coche, me fui hasta el marido con cara de indignada y le dije:
-¿A usted nunca le ha pasado entretenerse en un semáforo porque le estaba mirando el culo a alguna señora? Pues eso.

Volví al coche, arranqué y me vine a casa con mis cactus. 

jueves, 20 de agosto de 2015

Antonia, VII: La rosa de los vientos

Yo, si no me pasa nada emocionante no sé qué contar, y lo último emocionante fue lo de cuando me salió un novio en internet. Porque el último día conté algo tan aburrido como mi recorrido por el supermercado.
Lo que voy a contar hoy no sé cómo me saldrá, pero es que el día ha empezado con muchísimo viento y, con los soplidos, mi marido y yo nos hemos despertado pronto. Bueno, a las ocho, pronto para lo que acostumbramos los sábados. Y después de desayunar hemos salido porque aquí en el pueblo tenemos mercadillo los sábados y yo no lo perdono. Yo sé que a mi marido le da igual que llueva o nieve pero el viento no lo soporta. Aun así me ha acompañado, que el amor es el amor y, sin él, yo tampoco habría salido.
Había mucha menos gente que de costumbre y las lonas que cierran los puestos por los lados batían por el viento que se ha llevado la gorra de un señor y le deshacía el peinado a las señoras. Íbamos de la mano y me he parado ante un puesto de azulejos:
¿Te gusta esa rosa de los vientos?
Mucho.
Me ha contestado por contestar y sin pensar en las consecuencias, en que si la comprábamos le tocaba a él instalarla. Pero como nunca me ha negado un caprichito la hemos comprado y, de vuelta a casa, ha dicho que hacía falta cemento rápido y que ya se acercaba él a comprarlo.
Pues yo voy a casa a pensar dónde la ponemos.
La rosa estaba formada por cuatro azulejos y tenía ocho puntas alternando rojos y azules. Mi marido ha vuelto con un saquito de cemento y, por lo de la felicidad conyugal, con una rosa roja:
Estas rosas también existen.
Lo he cogido de la mano, lo he llevado a la alcoba y le he dicho que la quería encima del cabezal.
¿Estás segura? Porque ahí, a lo sumo un crucifijo para bendecir nuestras expansiones. ¿No quedaría mejor en el patio?
Al momento ya había cubierto la cama y el cabezal con una sábana vieja para no mancharlos y ahí lo he dejado tomando medidas y haciendo no sé qué con una regleta en la pared. Al cabo de un rato largo, que yo ya estaba en la cocina empezando a preparar la comida, me llama:
¿Te gusta cómo ha quedado?
Tanto que quiero celebrarlo.
En un pispás estábamos los dos desnudos y yo encima de cara a él, celebrando rítmicamente todo nuestro acto amoroso. Al acabar me dice:
No has mirado la rosa de los vientos ni una sola vez.
Entonces me he puesto cursi y le he contestado:

Pero para eso está ahí, para que sepas que a mí esto me gusta igual sople el viento de donde sople.

domingo, 16 de agosto de 2015

Antonia, VI: En el supermercado

Hoy voy a explicar cosas más normales. Por ejemplo que, como es primero de mes, he entrado con el ordenador en las cuentas del banco, que soy yo quien lleva la contabilidad de la casa, a ver si a mi marido le habían pagado la nómina y si estaba todo en orden. Y después he ido al supermercado pero antes, como cada primero de mes, he pasado por la gasolinera a llenar el depósito.
En el supermercado también soy de costumbres fijas y siempre hago el mismo recorrido, que empiezo por las patatas fritas porque están cerca de la entrada y, de ahí, me voy a la leche. Entonces ha sido cuando, empujando el carrito de la compra, me he acordado de que, antes, cuando he hecho la cama, me he fijado en que las poesías de Bécquer ya no estaban en la mesita de noche de mi marido. Porque ya conté cómo cambia de libro cada mes y que en diciembre siempre toca Ana Karenina.
¿Y por qué me he acordado de eso en el supermercado? Por la pobre Ana Karenina. Y no es que yo haya leído la novela, no, ni que sepa mucho de qué va. Es un libro difícil y, aunque mi marido me lo explica cada año, sólo se me quedan algunos detalles. Sí sé que va de una gran señora rusa, que eso es lo que pensaba mientras he cogido el pack de leche. Porque no me la imaginaba capaz de ir al supermercado, ni de esperar en la cola del pescado, ni pesando los tomates.
Dice mi marido que todo el siglo XIX está lleno de novelas de adulterio y que leer ésa es como leerlas todas; que también hay una novela parecida con una señora de Oviedo; y una de un cura portugués que deja embarazada a una beata; y otra de una señora francesa que se arruina con sus amantes y se suicida.
Yo iba recorriendo el supermercado, que si la fruta, que si la verdura, después la carne… mientras veía a Ana Karenina paseando con su parasol o en un coche de caballos, o bailando en los salones mientras jugaba a las miraditas con caballeros elegantísimos…
Luego, cuando he llegado a la caja, me he acordado de que su amante la deja embarazada, que es raro porque me parece que las gomitas se inventaron hace muchísimo. Y después, mientras cargaba el coche, me he acordado también de que el amante la traiciona y ella acaba, pobrecilla, tirándose a las vías del tren.
Pero yo, a lo mío, que he vuelto a casa, he metido el coche en el garaje y he guardado la compra en el frigorífico.

miércoles, 12 de agosto de 2015

Antonia, V: Mi novio de Internet

No sé si lo habréis notado pero yo soy muy de mi marido, que lo tengo en un pedestal. Por eso puede parecer raro lo que voy a contar hoy, y es que una vez me salió un novio, o algo parecido, por Internet. Como suena.

Fue en un foro de cocinitas al que yo entraba, y sigo entrando,  a media mañana cuando tengo ya la casa recogida. Me había puesto un nombre de esos falsos pero que se viera que era bien falso, Ana Bolena, había buscado una imagen de ella en la wikipedia y la había añadido como avatar. Y si escogí Ana Bolena fue por algo que me contó mi marido y me hizo gracia: es una de las muchas mujeres de un rey inglés, Enrique VIII, que, cuando se cansa de ella, le manda cortar la cabeza. Pero para chula ella: como no se fía del verdugo inglés, hace venir uno francés pagándole de su bolsillo, que eso fue lo que me hizo gracia. Y en el foro de cocinitas, ya os podéis imaginar: que si qué tipo de arroz va mejor para esto o aquello, que si ya me gustaría cortar la cebolla como Arguiñano, cosas así.

Y con mi novio, o lo que fuera, pasó que en la parte inferior de la pantalla del foro hay una ventanita como en el Facebook que te dice quienes están conectados en ese momento y puedes hablar con ellos aparte. Y ahí estaba yo un buen día cuando, después de mandar un mensaje sobre sopa de marisco, me entra por la ventanita un señor muy serio de Murcia, que llevaba más tiempo que yo y se llamaba Señor García, y me dice como si fuera un gran secreto que le añadiera Pernod, que es un licor francés, a la sopa. Yo le dije que no hacía falta, él que sí, yo que no; y todo por la ventanita, por supuesto, durante varios días y a la misma hora, y tanto me insistió en que lo probara y le diera mi opinión que compré una botella, lo probé, a mi marido le gustó y se lo dije al Señor García. Pero a todo esto ya me había soltado un día que si yo era Ana Bolena, le gustaría tener mi cabeza puestecita en la vitrina para mirarme, que se ve que sabía lo de que le cortaron la cabeza. Me dio la risa por lo retorcido del piropo y, entre una cosa y otra, nos dimos la dirección de correo electrónico que yo, para seguirle la gracia, me abrí una cuenta como ana.bolena@gmail.com. A los dos días de escribirnos ya me llamaba sabrosona; a la semana, en vez de despedirse con Saludos, empezó a despedirse con Besos; poco después me manda, sin pedírsela yo, una foto en plan serio y con corbata, que veo que por lo menos es veinte años mayor que yo. Y me pide otra foto mía. Yo empiezo a darle largas con que no tengo máquina de fotos, él que me la haga con el móvil y la pase al ordenador, yo haciéndome la loca con que no sé hacerlo… hasta que, sin venir a cuento, me manda un mensaje larguísimo que yo, al empezar a leer “Estimadísima Ana”, ya imaginé que pasaba algo. Me venía a contar que su señora había descubierto “lo nuestro”. Eso decía, “lo nuestro”. Y que por el bien de su matrimonio… pero lo mejor vino al final, que me pedía perdón por tenerme engañada porque no se llamaba García sino Martínez. Le iba a contestar que no veía la diferencia pero…


Y ya está: que lo bueno es que yo tuve un novio por internet pero no me enteré de que lo tenía hasta que dejé de tenerlo, que incluso desapareció del foro. Y que no sé si soy una ciberadúltera. Otra cosa: que se quedó convencido de que yo me llamaba Ana Loquesea pero en realidad me llamo Antonia. 

sábado, 8 de agosto de 2015

Antonia, IV: El desayuno en la cama

Hoy estoy especialmente contenta por lo que dice el título, o sea, porque mi marido me ha traído el desayuno a la cama. El café con leche, zumo de naranja y un croissant recién hecho porque había salido a la panadería. Yo aún dormía pero me he despertado al oírlo entrar. Pone la bandejita en mi mesita de noche y dice:
Buenos días y gracias por lo de anoche.
Yo, como había abierto los ojos pero el cerebro aún lo tenía dormido, he tardado en caer en qué fue lo de anoche. Y entonces le he contestado:
Pues gracias a ti por lo de ayer tarde.
¿Y qué fue lo de ayer tarde?, ¿Y lo de anoche? Lo de ayer tarde fue que, cuando llegó del trabajo, yo había acabado de planchar y estaba viendo la tele:
¿Dan algo interesante?
Lo más interesante de aquí eres tú.
Eso le contesté. Y, como él vendría relajado porque es fin de semana, pasó lo que pasó: que en un minuto me tenía ya desnuda y nos pusimos en el sofá. Ah, y que cuando estuve bien ensartadita pensé en lo que se perdían las pobres chicas que habían ido de Black Friday.
¿Y lo de anoche? Pues resulta que, al acostarnos, lo que expliqué el otro día, que él se pone con su libro de poesía de Bécquer a leer en voz alta y yo cierro los ojos para dormirme, que su voz es como si me acunara. Pero fue oír unos versos que decían “jamás en mí podrá apagarse la llama de tu amor”, que me entró un no sé qué que me puse romántica. Vuelvo a abrir los ojos y le desabrocho la chaqueta del pijama para acariciarle la barriguita. Él, que me estuviera quieta; yo, ni caso, que me pongo a darle besos por debajo del ombligo. Y él seguía leyendo versos pero yo me dije: verás qué pronto deja de leer. Aparto la colcha y las sábanas y le desabrocho el pantalón del pijama para ver a mi Paquito, porque si mi marido se llama Paco… Y lo que me gusta mirar de cerca a mi Paquito… Porque todo tiene su aquel: cuando lo hacemos normal me gusta ver las caras que pone y cómo se le abren los ojos de sorpresa pero, claro, no puedo ver a mi Paquito. En cambio, anoche, verlo, pasarle el dedo por las venitas que se le iban marcando más y más, mirarlo bien de cerca, que aún se le notaban las marcas de un mordisquito que le dí hace días… Y sí, siguió leyendo hasta que le di un buen apretujón con la mano. Entonces dejó el libro, empezó a acariciarme la nuca y, como yo sabía lo que quería, me puse en serio. A los dos minutos ya lo tenía diciendo “Apártate, que ya…”, pero él ya sabe que no me aparto ni cuando me salpica en el paladar.

Y si por hacer algo que me gusta tanto encima me trae el desayuno a la cama…

martes, 4 de agosto de 2015

Oscar Wilde, La decadencia de la mentira

Wilde, Oscar, La decadencia de la mentira (Acantilado, Barcelona: 2014)
Precioso opúsculo, en forma de diálogo, en que se reivindica la prevalencia del arte sobre la naturaleza y la vida. Y es de 1898, para que se aprecie la distancia con respecto a los Machado (Antonio, el hermano del poeta), Unamuno, Baroja...