Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



sábado, 28 de noviembre de 2015

Antonia, XVI: La gata

Aquí gustan mucho las historias de terror. Y a mí me gustaría escribir una: que si vampiros, que si monstruos, que si aliens, aunque creo que los aliens ya se han pasado de moda, que era una exageración lo de que a uno le saliera por sorpresa un monstruito de la barriga. Además, ni sé inventarme historias de terror ni historias de nada, que yo sólo cuento lo que me pasa. Y a eso voy, a que una vez me pasó algo que no es exactamente de terror pero sí de miedo. De mucho miedo. O no, que como el miedo sólo lo tenía yo... Y eso es, que si no lo sé explicar bien, en vez de dar miedo daré risa.
El caso es que la gata de una vecina tuvo gatitos y, como no podía con todos, me preguntó si quería uno. Y había una gatita tan mona... Pero primero lo consulté con mi marido, por supuesto, y, como no sabe negarme ningún capricho, me dijo que sí. Total, que me hice cargo de ella y, al principio, como era tan pequeña, le tenía que dar leche metiéndosela en la boca con una jeringuilla. Luego, en cuanto ya estuvo un poco crecida, le compraba latas y galletas de esas que vienen en sacos de papel. Ah, y le puse en el patio su recipiente con arena para que hiciera sus necesidades, que aprendió en seguida.
Hasta aquí todo bien, que no parece que de lo que cuento pueda salir una historia de miedo. Pero un buen día, a media mañana, que yo había acabado con las faenas de la casa y estaba a lo mío con el ordenador en el cuartito, salgo un momento al salón y me veo a la gata en esa postura en que se ponen los gatos y que parecen una esfinge egipcia. Lo curioso es que estaba mirando fijamente al techo y, por más que yo le dijera, no apartaba la vista de allí. Yo miré también a ver si había algún bichito o alguna telaraña que le llamara la atención pero no vi nada. Intenté, incluso, distraerla abriéndole una lata de comida de las que más le gustan pero nada, ni caso. Y así se estuvo hasta casi la hora de comer que, cuando llegó mi marido, se fue hacia él, se metió entre sus piernas y luego se fue directa a comer la lata que le había abierto antes. Y por la tarde, que mi marido no salió de casa, la gata se comportó de forma normal: su ratito de sofá, su otro ratito encima de nuestra cama de matrimonio...
Pero a la mañana siguiente, que yo ya ni me acordaba, cuando me doy cuenta me la vuelvo a ver en la misma postura del día anterior y con la mirada fija hacia el mismo punto del techo. Toda la mañana hasta que llegó mi marido y volvió a comportarse de manera normal. Entonces, a la hora de comer y con mucho tiento para que no se pensara que me había vuelto loca, decido explicárselo a mi marido. ¿Y qué me contesta? Pues nada más y nada menos que es lógico porque, por no sé qué de la longitud de onda o los rayos qué sé yo, los animales ven cosas que las personas no podemos ver. Y me lo dice tan tranquilo. Y cuando le pregunto que por qué se queda mirando sólo cuando él no está en casa me dice que, como es una hembra, le gusta que él esté en casa y entonces está por él y no por lo del techo. Y lo bueno fue eso, que mi marido casi lo vio normal y yo me lo creí a pies juntillas.
Pero una cosa es creérselo y otra... Porque, claro, si la gata veía algo ahí es, como decía mi marido, porque lo había. Entonces me acordé de no sé qué película de terror en que a uno no se le ocurre otra cosa que construir una casa encima de un cementerio indio y, claro... que no sé si es aquella misma película en que una niña se queda presa dentro de la tele. Y de ahí a pensar que lo que veía la gata era un fantasma... Como que llamé a mi padre para preguntarle qué había aquí antes de que edificaran nuestra casa. Porque vivimos en una zona nueva del pueblo. Y mi padre, haciendo memoria, me dijo que en esta zona había eras para trillar después de la siega; pero al aparecer las cosechadoras dejaron de usarse y el ayuntamiento acabó por comprar los terrenos.
Me quedé algo más tranquila pero sólo hasta que volví a ver a la gata mirando al techo. Porque una cosa es que hubiera una era debajo de nuestra casa y otra cosa es saber qué había antes de esa era: ¿no podía haber habido un cementerio en tiempo de los visigodos, o los romanos, o los celtas o los que fueran?; ¿y no podía haber un fantasma o un alma perdida de ese cementerio agarrada al techo del salón esperando qué sé yo para irse de una vez al reino de los muertos?; ¿y no sería eso lo que miraba la gata?
Así que acabé por coger miedo. Cuando estaba mi marido en casa, yo tranquila porque la gata se comportaba de modo normal, pero en cuanto se iba a trabajar por la mañana ya estaba yo muertecita de miedo. Como que hacía las faenas de la casa... que días estuve sin barrer ni fregar ni quitar el polvo del salón por no ver a la gata mirando al techo. Y cuando iba a la compra procuraba ponerme a hablar con las vecinas o las conocidas en la carnicería o la verdulería con tal de estar el máximo tiempo posible fuera de casa. Y lo de que estaba más tranquila con mi marido en casa sí, pero en cuanto nos acostábamos y él, al acabar su ratito de lectura, apagaba la luz, yo me agarraba muy fuerte y procuraba no pensar en las almas de esos visigodos o celtas que seguro que me esperaban en el techo del salón.
Hasta que pasó lo que tenía que pasar. Ya he dicho que del miedo que me daba procuraba evitar al máximo el salón y hasta lo cruzaba casi corriendo. Pero un día volvió mi marido de trabajar especialmente cariñoso y, tal como le di el besito en el recibidor, me cogió en brazos, me llevó hasta el salón, me tumbó en el sofá y empezó a desnudarme. Yo me dejé hacer, por supuesto, pero mientras me desnudaba yo miraba de reojo la esquina de la pared con mi fantasma visigodo invisible y me empezó a entrar miedo. Mi marido se desnudó también, se me vino encima muy preparado ya, empezó a darme besitos y mordisquitos y, cuando se me quiso venir dentro, notó que yo no estaba húmeda. Se extrañó, claro, porque yo, cuando él me requiere, enseguida estoy dispuesta. Y se lo tuve que decir: que nos fuéramos a la habitación, que me daba mucho miedo estar en el salón porque me sentía observada por el fantasma del techo.
Luego ya, mientras descansábamos, yo puse la mejilla en el pecho de mi marido y él, mientras me acariciaba, propuso la solución: deshacernos de la gata. Y eso hicimos, que puse un papelito en un tablón de anuncios que hay junto a la puerta del mercado y, al cabo de unos diez días, llamó una señora que después, hablando y hablando, resultó ser prima segunda de mi madre, y se llevó la gatita.
Pero digo yo que aunque ya no esté la gatita mirando fijamente al techo, el fantasma visigodo sigue ahí, ¿o no?

martes, 24 de noviembre de 2015

Pedro J. Bosch, La extraña desaparición de Paco Lázaro

Bosch, Pedro J., La extraña desaparición de Paco Lázaro (Menorca: 2015)
Leemos a toda prisa esta novela, de un médico y novelista mahonés cuyo padre, si no yerro, jugaba con el mío a fútbol de niño en la Miranda.. Y la leimos a toda prisa para comentarla ayer, 23 de noviembre, con el mismo autor y el grupo de lectura de la Biblioteca Municipal de Mahón. Y anotamos:
  • Los personajes: diremos algo así como que se van presentando personajes continuamente y se nos ha hecho algo difícil ir asimilándolos y entender la relación entre ellos:

viernes, 20 de noviembre de 2015

Antonia, XV: Mi admirador secreto

Me pasa cada cosa...
Vuelvo ayer de la compra y, al mirar en el buzón, ¿qué me encuentro? Bueno, sí, una carta del banco, pero ¿qué más?: un sobre a mi nombre. Y mi nombre escrito con letra caligráfica, de esa que parece antigua. Sin remitente y con el matasellos de aquí mismo, del pueblo.
Guardé la compra, cada cosa en su sitio, cogí el sobre y me senté en el sofá. Y como tenemos abrecartas, pues eso, lo abrí como se debe y me encontré una hoja tamaño folio bien dobladita. La desplegué y me vi -¿queda alguien que escriba a mano?- todo el folio escrito con esa misma letra tan bonita; con su fecha y todo arriba en el ángulo derecho. Pero lo primero, mirar la firma, por supuesto: Tu admirador secreto. Como que no sé si de la risa o del susto fui al mueble-bar y me pusé un dedito de whisky antes de seguir. Volví al sofá:
Apreciadísima Antonia:
He pensado mucho antes de dirigirme a ti y, por fin, me he decidido. No puedo contenerme más y por eso te confieso mi amor.
(Traguito de whisky)
Y al hablarte de amor me refiero al de verdad, al de pensar constantemente en ti, desde antes de abrir los ojos por las mañanas hasta después de cerrarlos al acostarme. Pero no quiero que te preocupes. Sé que eres una mujer felizmente casada y, como mi amor -ya te lo he dicho- es sincero y verdadero, no espero nada de ti, sólo esa emoción y ese vuelco en el corazón al cruzarme contigo por la calle.
(Otro traguito de whisky. ¿Quién será ese señor?... Y que nadie se piense que soy un pibón: ni guapa ni fea, del montón. Además, con gustarle a mi marido...)
Soy un hombre mayor, de la edad de tu padre -q.e.p.d.- y, como lo conocía, te respeto también como a una hija. Por eso me extraña que el amor haya llamado así, contigo, a mi corazón pero, ya lo dicen, el amor es ciego. Y, además, qué quieres que te diga, Antonia, prefiero amarte a ti en silencio que liarme con alguna otra de esas que, en el baile de los martes en el Centro de Jubilados, lo primero que te preguntan es cuánto cobras de pensión.
(Otro traguito de whisky. Y que me empezó a gustar cómo se explicaba y lo bien que escribe)
Y hay también algo que, aunque me dé vergüenza, te voy a confesar. Soy viudo y no cato mujer desde hace... hasta el punto de que, o por eso o por la edad, ya me creía muerta... bueno, ya sabes, eso que tenemos los hombres.
(Aquí viene cuando me acabé el whisky de golpe y me puse otro)
Pues te confieso que me lo has hecho revivir. Hay veces que estoy pensando en ti y noto como si... en fin, como si volviera toda mi virilidad. Y así, sin tú proponértelo ni siquiera saberlo, me haces feliz. Sin embargo, como no quiero terminar hablándote de bajas pasiones te diré que mi amor por ti es total: te amo virilmente, te amo de todo corazón y te amo con este cerebro mío que ni puede ni quiere dejar de pensar en ti.
(Traguito largo de whisky)
Nada más, Antonia. Sólo que te da las gracias por haberle leído
Tu admirador secreto

Y ya está, que aún no me he recuperado.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Antonia, XIV: Sola en casa

Mi marido se ha ido de viaje por trabajo. Tres días que serán tres eternidades. Si cuando se ha cerrado la puerta del garaje ya lo estaba echando de menos... Ahora que se ha ido contento y me ha dejado contenta. Echándole de menos pero contenta.
El caso es que me he despertado con él, muy pronto como siempre que se va de viaje, y he preparado el desayuno mientras él se duchaba. Hemos desayunado y le he acompañado al garaje porque nos damos besos muy ricos cuando se va. Y cuando vuelve, claro, pero entonces lo de menos es el beso. Pues eso, que voy con él al garaje, nos buscamos los labios, me da un achuchón y... Que no he dicho que yo iba en bata y sin nada debajo. Porque mientras me besaba, me pasa la mano bajo la bata y empieza a pellizcarme suave el culito. Y entre eso y que el beso era de lengua no sé cómo he acabado desnuda y tumbada en el capó del coche diciéndole que no me había duchado y él contestando que le daba lo mismo mientras me daba meneítos suaves, que me recorría toda muy despacio. Y que luego no me he fijado pero a lo mejor le he dejado bien marcado el culo en la carrocería; porque al final los meneítos ya no eran tan suaves.
Y me ha dejado tan tierna que después, cuando me he puesto con la casa y he entrado en la alcoba para barrer, al ver su libro en la mesita de noche me he sentado en la cama y he empezado a acariciarlo con las manos. Como si fuera un símbolo de mi marido, que lo es. Y no sé cómo habrá sido que en un momento he pasado de acariciar un simbolito a imaginar que acariciaba a mi marido de verdad. Bueno, no exactamente a mi marido sino esa parte de él que a mí me gusta llamar mi Paquito.
A todo esto, la escoba y el recogedor apoyados en la pared y muertos de asco. Que se han quedado así un ratito más porque he acabado por quitarme la bata, tumbarme boca abajo en la cama, por supuesto en el lado de mi marido, que buscaba su olor, y, después de alzar un poquito el culo, pasarme la mano entre las piernas y buscarme yo solita. Hasta que he acabado mordiendo la almohada.
Luego ya, cuando he recuperado el aliento, me he vuelto a poner la bata, he cogido la escoba y a barrer.

jueves, 12 de noviembre de 2015

Antonia, XIII: Que mi marido dice que...

Un chico de aquí me pidió el otro día que escribiera algo diferente y me preguntó si me atrevía con asuntos de terror, que a él le gustan mucho. Al principio pensé que no, que como yo sólo cuento cosas mías de verdad... pero luego, dándole vueltas y vueltas, me acordé de algo que me pasó hace algunos años y que no era de terror del que se te aparece un zombi pero sí de miedo, que yo pasé mucho miedo. El caso es que empecé a escribir para explicarlo pero, como luego me escogieron para un concurso, que me hizo mucho ilusión, y a lo mejor tengo que escribir sobre terror, me lo voy a guardar por si acaso y explicaré otras cosas mías.
Explicaré que ayer mi marido me riñó. Pero sólo un poco, que si primero me da un beso, luego me riñe a su modo y acaba dándome un montón de besos, ya ves qué problema. Porque si me riñe mucho, con desabrocharme otro botoncito de la blusa lo arreglo. Ahora, que ayer me riñó con razón. Todo fue porque yo siempre le cuento todo y, además, ¿qué puedo esconderle si él mismo dice que soy muy transparente? Pero eso no se lo había contado porque no le daba la más mínima importancia. ¿Y qué es lo que no le había contado? Pues precisamente esto, que estoy en esta página de internet escribiendo mis cosas:
-¿Y qué cosas escribes?
-Pues, ¿qué va a ser?: mis cosas, que si podo las plantas del jardín, que si voy de paseo...
Mentira, claro, porque si le digo que cuento lo que hacemos él y yo en la cama... Pero era una mentirijilla tonta.
Estábamos en el sofá del comedor, me cogió de la mano, me llevó a la alcoba, me señaló el libro que había sobre su mesita de noche y me preguntó si sabía cuál era:
-Claro, la Ilíada de Homero.
Que eso lo conté al principio de estar aquí. Conté que mi marido tiene un conjunto de libros, siempre lee los mismos dependiendo del mes y, cuando llega enero, siempre lee la Ilíada porque dice que es el libro más antiguo.
-Pues tú no puedes escribir porque un buen escritor ha de empezar por leer a los clásicos. Y tú no los has leído.
-Pero si yo no quiero ser una gran escritora, sólo lo hago porque, porque... además, que cuando tú lees en voz alta yo te escucho atentamente hasta quedarme dormida y, con las veces que has leído la Ilíada, ya me voy enterando de que los griegos se pelean con los troyanos por una mujer que se llama Helena, que si el mejor guerrero griego se llama Aquiles, que si mata al pobre Héctor, que si... Además, que he visto la peli y sé que se acaba con lo del caballo... Además, si tú lees a los clásicos y yo duermo tan arrimadita a ti, algo se me pegará, ¿o no?
Entonces, como yo me había sentado en la cama, le empecé a desabotonar la camisa y, claro,...

domingo, 8 de noviembre de 2015

Antonia, XII: Mi marido dentro de mí

Hoy estoy contenta. Aunque yo suelo estar siempre contenta. Pero hoy más porque mi marido y yo hemos empezado el año muy bien. Como siempre.
Y dudaba si contarlo porque el otro día un chico me dijo aquí que no sabía si una cosa que yo había explicado era erótica o no. Y yo no quiero escribir cosas eróticas, quiero explicar cosas curiosas que me pasan. Y si lo que me pasa es erótico, como no tengo nadie a quien explicárselo porque ni lo comento con mis cuñadas ni con las cajeras del supermercado, pues vengo aquí y, como no me da vergüenza porque no me conoce nadie, voy y lo explico.
El caso es que ya conté cómo la Nochebuena la pasamos en familia en casa de mi suegra: que si cuñadas y cuñados diciendo tonterías a partir de la segunda copa, que si los niños correteando, que si a las tantas tener que recogerlo todo… Pero el día de Nochevieja no, ese día es sólo para mi marido y para mí. ¿Y qué hacemos? Pues tampoco me da vergüenza explicar que se me ocurrió a mí el último año de novios: y desde entonces siempre hemos recibido el año con mi marido dentro de mí.
Lo primero después de cenar es llevarnos la tele a la alcoba para oír las campanadas desde la cama; y dejamos las uvas en la mesita de noche. Y eso hicimos ayer que, cuando quedaba poco, nos pusimos cariñosos y… bueno, que me subí y me puse. Ah, y es la única vez que lo hacemos sin mirarnos a la cara, que yo me pongo de espaldas para poder mirar la tele y estar atenta a las doce campanadas. Y a cada campanada, una uvita y un meneíto, que yo subía y bajaba despacio. Hasta que se acabaron las campanadas y, como no me pude contener, empecé a moverme rápido y más rápido aún cuando mi marido empezó con sus suspiritos.
Y por eso estoy hoy tan contenta.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Camí de cavalls, XIII (11/8, cala Blanca)

El día 25 de octubre, con cielo nublado y buena temperatura, proseguimos el recorrido. Vamos en coche hasta el llamado Mirador des cap de sa Paret en la confluencia entre las avingudes de Llevant y de Ponent de cala Blanca. Ahí tomamos la foto de la izquierda con esa gran roca emergiendo del mar y una lancha detrás; con un poco de imaginación, además, se ve la línea de las montañas mallorquinas recortando el horizonte por la izquierda.
Desde ese punto, por la avinguda de Llevant y bordeando el mar, vamos en dirección a cala Blanca por terreno asfaltado. Desde ahí tomamos la foto de la derecha con esa lengua de mar que se mete hacia dentro para formar cala Blanca.
Siguiendo, y siempre por zona urbanizada, avanzamos hasta enlazar en el punto donde dejamos el camino el día 16 y observamos que, a pesar de las nubes, aún queda algún valiente en la playa aunque más aún en el chiringuito. Y también con algo de imaginación se verán en la foto de la izquierda.
Emprendemos desde allí la vuelta y nos damos cuenta de que las marcas del camí de Cavalls no dirigían por el camino que hemos tomado a la ida sino que atravesaban la misma playa. Recortamos por ahí para volver hacia la avinguda de Llevant y tomamos la última foto de camino hacia el coche.
En total hemos hecho 1,4 quilómetros entre la ida y la vuelta y ello nos lleva a un promedio global de 4,16 kms./hora. Como observamos que el promedio es muy bajo en relación a otros tiempos en los que alcanzábamos hasta los 6 kms./hora, nos proponemos elevarlo.